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25 de marzo /// Salir al mundo: el desafío de emprender y exportar

Nuestros vecinos, Chile y Uruguay, tienen más del doble: 43 y 49 empresas respectivamente, de acuerdo a un informe publicado por la CEPAL en 2019. En Brasil, por otro lado, hay 12 empresas que exportan por cada cien mil habitantes, menos que en nuestro país.

Si seguimos en esta línea, se trata de menos del 2% de las empresas argentinas (solo el 1,6%, según el Ministerio de Producción de Nación a diciembre de 2019). Nuestro mejor escenario fue en 2006, cuando se registraron 15.000 empresas exportadoras (2,6%). ¿Qué tan lejos estamos de los países europeos o los asiáticos? Bastante. En España, más del 5% de las empresas vende en el exterior y en Corea la cifra se acerca al 3,5%.

Los números reflejan que son pocas, y se suma el hecho de que más de la mitad exporta irregularmente (ya sea de manera eventual o intermitente). En este sentido, muchas solo consideran la exportación cuando el mercado interno no alcanza, lo ven como una solución para diversificar las corrientes de ingresos cuando la crisis hace mella y hay que salir a mirar afuera. La pregunta es por qué. Por qué no hay más y por qué no exportan de manera periódica.

 

La (compleja) tarea de vender en el exterior

Está claro que exportar bienes y servicios no es soplar y hacer botellas. Se trata de un proceso complejo en el que intervienen un montón de variables. Primero, porque exportar es competir. Y toda competencia implica una auditoría interna para detectar fortalezas y debilidades, así como las oportunidades y amenazas latentes.

Acá entra en juego el análisis de mercado internacional (o mercados, en caso de que se aspire a comercializar en varios países) con sus diferencias culturales y económicas. ¿Cuál es la propuesta de valor? ¿Es adecuada para el mercado en el que queremos desembarcar? Pocas veces un producto o servicio es traspolable a otro país sin sufrir alteraciones y, por lo tanto, el proceso de localización es fundamental. Hablamos de tener en cuenta desde el precio (operar en moneda local) hasta el canal de comercialización y marketing (por ejemplo, si quisiéramos vender en Rusia deberíamos tener en cuenta que la red social VK es mucho más usada que Facebook).

Segundo, exportar es complejo porque, en la Argentina, en el proceso operativo implica diferentes regulaciones comerciales y burocráticas. Tampoco es barato. No solo intervienen agentes diversos -como la AFIP, que cobra las retenciones y hace los reintegros posteriores- y se necesita un considerable número de documentos para internacionalizar una marca, sino que también tiene un sinfín de costos. Empezando por los costos de exportación directos (como los gastos de etiquetas, rótulos, marcas, envases, embalajes, almacenaje, seguro y transporte interno, envíos de muestras, etc.); indirectos (gastos del despachante de aduana, gastos bancarios, gastos de despacho, entre otros); el porcentaje de los derechos de exportación que se calcula sobre el valor de la mercadería y demás.

 

¿Qué pasa con los emprendimientos?

Las pymes la tienen aún menos fácil. En la Argentina, el 90% de las empresas que exporta son pequeñas y medianas -no es raro, dado que la mayoría de las empresas son pymes-, pero si lo vemos en montos solo exportan el 18% del total (hablamos de bienes, porque medir la exportación de servicios es, todavía, difícil). El otro 10% que exporta son empresas con más de 200 empleados, pero que concentran el 82% de las exportaciones.

Las retenciones, el tipo de cambio y las reglas de juego poco claras afectan a empresas de todos los tamaños, pero especialmente a las pymes y a los emprendimientos que quieren exportar. La inflación, por ejemplo, hace que aumente el costo de la materia prima. Una empresa grande quizás esté en condiciones de costearlo, pero definitivamente se hace cuesta arriba para un emprendimiento. Pensemos también en la estructura necesaria para enfrentar un proceso de comercio exterior…¿cuántas pymes están en condiciones de hacerlo?

Si el costo de entrada a la exportación es alto, para las pymes y a los emprendimientos, además, es difícil mantenerse en carrera: casi el 90% de las empresas que abandona la actividad exportadora tiene menos de 50 empleados. La mayoría lo hace de manera definitiva y las consecuencias tampoco son muy alentadoras: en los años posteriores a dejar de exportar experimentan una reducción en el empleo. Es decir, se achican.

 

El camino hacia más emprendimientos que exporten

A esta altura no cabe duda de la importancia de las pymes en la generación de empleo y tampoco de la importancia de la exportación (es la principal fuente de ingreso de dólares al país e impacta de manera directa en el crecimiento económico). Sin embargo, tenemos un largo camino por recorrer para que cada vez más pymes y emprendimientos quieran (y puedan) exportar. Y, por supuesto, para que los que ya lo hacen puedan profundizar ese camino.

¿Qué podemos hacer? Por un lado, evaluar el tema de la presión impositiva. La decisión de eliminar las retenciones para las exportaciones de servicios basados en el conocimiento (que estaban en un 5%) es un buen indicio. Sobre todo porque es un sector que exporta más de USD 6000 millones, según datos de Argencon, y se estima que va a seguir creciendo. Aún así, todavía hay otros sectores que necesitan reverse si queremos garantizar la competitividad de las pymes argentinas en el mercado internacional. Al fin y al cabo, dijimos que exportar es competir.

Por otro lado está la cuestión burocrática. Agilizar trámites, las autorizaciones y simplificar los requisitos es sumamente importante. Muchas veces se cobran aranceles de importación sobre la materia prima que después se usa para crear productos exportables (por los que, a su vez, también se cobran impuestos). Al final del día, es una espiral que solo resiente el proceso de las pymes que quieren vender al exterior. Acercar más opciones de financiación a los emprendimientos también es crucial: muchos no amplían su capacidad productiva porque antes necesitan invertir en el emprendimiento.

Por último, está el tema de capacitación y acompañamiento. La alfabetización exportadora es imprescindible. Tenemos que encontrar la manera de acercar más herramientas para reducir la incertidumbre y acompañar a las personas que emprenden y quieren exportar hacia el mercado de destino. Arrojar luz sobre los costos de exportación, sobre el alcance de los contratos y todos los pormenores. Y ayudarlas a actualizar esos conocimientos cuando cambian las reglas de juego.

 

Por Bernardo Brugnoli,

Director Ejecutivo de la Asociación de Emprendedores de Argentina (ASEA).

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